Cámaras en las calles para vigilar  a los  ciudadanos
M. Relti - Canarias-semanal.com
LAS PALMAS: ¿HACIA UNA CIUDAD ORWELIANA?
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        No es ingenua la afirmación de que para acabar eficazmente  con la  conflictividad social o la delincuencia el procedimiento idóneo  es el uso de la represión. Según esta tesis, las sociedades más pertrechadas de mecanismos de esas características serían las más seguras. A mayor represión, más "seguridad", dicen los numerosos partidarios de la propuesta. Las estadísticas son, sin embargo, contundentes en el sentido contrario.  Estados Unidos, por ejemplo, es un país en el que abundan los instrumentos  de carácter coercitivo. Podría decirse incluso, sin temor de  que a estas alturas nadie se escandalice, que  el aparato de Estado de ese país es uno de los más represivos de todo el planeta. Múltiples ejemplos ponen de manifiesto que esta tipificación  no es injusta: la utilización regular de la pena de muerte  como argumento de persuasión  frente al delito; un rigurosísimo sistema penitenciario, donde el reo no es un sujeto a recuperar para la vida social sino que es convertido en un rehén del Estado;  un sofisticado sistema  de control electrónico de la conducta y la comunicación de los ciudadanos; una estructura  judicial orientada fundamentalmente  hacia la sanción de los individuos pertenecientes  a las clases sociales y minorías étnicas consideradas  más "peligrosas"… El peso de ese enorme aparato de represión institucional no es una novedad para nadie. Se ve reflejado  con cierta fidelidad en la cinematografía  y la literatura  norteamericanas. Incluso su propia producción televisiva es un elocuente espejo de esta realidad. Si atendemos  a los resultados del arquetipo estadounidense será preciso reconocer que la represión y el control  no hacen a una sociedad "más segura".
 
        La afirmación que sostiene lo contrario, responde a una concepción conservadora  acerca de cómo debe organizarse la sociedad. Es parte consustancial de un patrón ideológico derechista del que, a menudo, participan también quienes en cualquier momento pueden convertirse en sus víctimas.
 
 
        Viene todo esto a propósito del proyecto del Ayuntamiento de Las Palmas de G.C. de instalar un sistema de cámaras, que monitorice la actividad de los ciudadanos,  en los sectores  urbanos próximos al parque de Santa Catalina. No es un proyecto nuevo. Nos lo han ido dosificando poco a poco. Primero se instalaron unas cámaras controladoras en la Avenida marítima con la finalidad de hacer un seguimiento - decían - del tráfico rodado. Los ciudadanos no parecieron poner inconvenientes porque, ya se sabe, controlar el fluido del trafico urbano es una cosa bien importante. Luego los bancos y entidades privadas trataron de proteger el acceso a sus fachadas con cámaras que cubrían todo el ángulo de las mismas. Tampoco esta intrusión de los monitores pareció inquietar a nadie porque, al fin y al cabo, era una cosa de los bancos, aunque todos corriéramos el peligro de quedar fotografiados, si al pasar  acompañados de nuestra respectiva pareja se nos ocurría hacerle una inocente carantoña.  
 
        Ahora, según la inefable alcaldesa popular Josefa Luzardo, se trataría de cubrir las calles "más conflictivas". En esta ocasión tampoco son escasas las personas  que piensan que tal medida no les afecta. Ellos no son delincuentes -razonan-  ni "sujetos perseguibles". De tal manera que esa graduada aceptación colectiva termina estableciendo una cierta complicidad  entre algunos sectores sociales  y quienes desean estrechar  los márgenes de libertad  de los propios ciudadanos. Más temprano que tarde, la red monitora de control seguirá  extendiendo progresivamente sus tentáculos a lo largo de  toda la ciudad,  y la seguridad pasará a ser una estricta cuestión de cámaras.  Esta predicción no es una elucubración descabellada que surja de la imaginación de quien esto escribe. En Gran Bretaña han sido los socialdemócratas los encargados de poner en marcha el experimento. Si usted visita el barrio londinense  de Newham, debería tener en cuenta que no tendrá ninguna posibilidad de pasar desapercibido. Trescientas cámaras callejeras le vigilaran en  esta  comunidad de 240.000 habitantes -mayoritariamente extranjeros- convertida, por arte de Tony Blair, en un  gigantesco escenario del programa "Gran Hermano".  Hay numerosos ejemplos  que muestran que la tendencia, en todos los países del llamado 'mundo libre', va en  esta misma dirección. Aquella terrorífica ciudad orweliana, que los patrocinadores de la guerra fría nos dibujaban como patrimonio de los comunistas,  ya la tenemos encima. Sin que nadie se escandalice, sin que nadie pierda el sueño. Imperceptiblemente. La aceptación de los ciudadanos es uno de los requisitos imprescindibles para que el Big Brother  pueda  funcionar con eficacia.
 
        Y, sin embargo, la 'seguridad', es decir, el hecho de que no seamos asaltados por la calle, de que no se atente contra nuestra integridad física, de que nuestra libertad no se vea coartada por otros, no ha estado nunca  en relación directamente proporcional  a el número de  cárceles, el aumento de las plantillas de  policías y la cantidad de  cuarteles de la guardia civil, o la promulgación de leyes punitivas. Si se desea, realmente, encontrar explicaciones a los factores que provocan nuestra inseguridad, es preciso orientar nuestras pesquisas hacia otras áreas, muy distintas a las que los poderes públicos indican como causa de los males sociales. Nuestras  angustiadas dudas en torno a la seguridad encontrarían respuestas más satisfactorias si comenzásemos a interrogarnos  acerca de la relación existente  entre la criminalidad  y el hecho de que  miles de jóvenes canarios no dispongan  de un trabajo fijo; entre las conductas agresivas y  el rotundo fracaso de nuestro sistema educativo; entre el tráfico de drogas y la calidad de vida en los barrios periféricos de la ciudad de Las Palmas; entre los robos y asaltos y los niveles salariales más bajos  de todo el Estado… Pese a la evidente relación que existe entre estas realidades sociales no pocos ciudadanos son incapaces  de apercibirse de ella.  Diríase que una especie de "tic autoritario" se dispara automáticamente entre nosotros a la hora de atribuir la responsabilidad de la criminalidad. El poder es consciente de ese mecanismo, y contribuye a que funcione haciendo cundir la alarma. Un arquetípico ejemplo de lo que decimos lo podemos encontrar en las campañas del  Delegado del Gobierno del PSOE,  Sr.  Segura Clavell,  que desempeña el ridículo  papel de eficaz guardia de la porra, con la vista  puesta en las próximas elecciones
 
 
        Quien hoy se empeña en monitorizar nuestras vidas - la alcaldesa popular del Ayuntamiento de Las Palmas de G.C.-  dispone de algunos elementos familiares  que confirman lo que decimos. La ilustrísima presidente del consistorio capitalino tiene un primo que cumple  condena en la prisión de "Salto del Negro", de Gran Canaria. Se trata, al parecer, de un buen muchacho, pero al que tocó la "desgracia" de nacer y criarse -a diferencia de su distinguida prima - en uno de las zonas más deprimidas  de la periferia  de Las Palmas,  la barriada de Zárate. Pese a que el chico consumía parte de su tiempo en  la práctica de nuestro deporte vernáculo de la lucha, la presión del medio, los bajos niveles culturales del barrio, las pandillas y el brillo del dinero fácil,  lo convirtieron en un activo traficante de drogas. Los jóvenes vecinos de un barrio con las características de Zárate,  no tienen la posibilidad de "escoger"  libremente  una opción de de futuro. Cuando la vida los obliga a "elegir", sus preferencias están  siempre  condicionadas por los múltiples factores ambientales que los rodean. El joven  Adolfo González, hijo de un modesto  taxista,  no contó con las mismas oportunidades  que el entorno le ofreció a su prima. La sociedad colocó en  manos de este joven casi todos los boletos de una fatal lotería. No es una casualidad que muchos de los jóvenes de esta barriada terminen dando con sus huesos en las cárceles. Y Adolfo, con apenas treinta años, ha emprendido su vida de adulto viviendo una experiencia que seguramente determinará toda su vida.
 
          La suerte de su pariente, Josefa Luzardo, fue bien diferente. Ella  no era vecina de los suburbios. Pudo estudiar la carrera de  Derecho. Se codeó con lo más granado  de la burguesía de la capital Gran Canaria. Sus relaciones la convirtieron, con tan solo 20 años,  en una flamante dirigente  de Alianza Popular, aquella primigenia organización parafascista de Manuel Fraga, el ex ministro de Francisco  Franco. No se puede decir, pues, que  las vidas de ambos primos  hayan sido precisamente paralelas. Cada uno de ellos tuvo lo que el medio en el que crecieron les proporcionó. La suerte de ambos estuvo desde el principio casi echada y el desenlace era previsible. No es la genética ni la mala voluntad de los individuos la que determina que la gente "escoja" la criminalidad. Tampoco van a ser las cámaras quienes terminen con ella. ¿Qué razones tendrá el poder para querer hacernos creer lo contrario?
 
  "Sostener que represion es igual a seguridad, responde a una concepción conservadora  acerca de cómo debe organizarse la sociedad. Es parte consustancial de un patrón ideológico derechista del que, a menudo, participan también quienes en cualquier momento pueden convertirse en sus víctimas "










Un proyecto del Consistorio de Las Palmas pretende instalar cámaras en diversas calles de la ciudad para combatir, dicen, la "inseguridad ciudadana". M. Relti sostiene en este artículo que  la represión y el control no hacen a una sociedad "más segura". Y, para apoyar sus afirmaciones, establece una comparación  entre el itinerario vital de la primera edil del Ayuntamiento capitalino, Pepa Luzardo, y un primo suyo, actualmente en prisión por tráfico de drogas. Analiza las  trayectorias de ambos, las oportunidades que tuvieron uno y otra, los barrios en los que se educaron... y saca  sus propias conclusiones.
  "Más temprano que tarde, la red monitora de control seguirá  extendiendo progresivamente sus tentáculos a lo largo de  toda la ciudad,  y la seguridad pasará a ser una estricta cuestión de cámaras "
"La suerte de su pariente, Josefa Luzardo, fue bien diferente. Ella  no era vecina de los suburbios. Pudo estudiar la carrera de  Derecho. Se codeó con lo más granado  de la burguesía de la capital Gran Canaria. Sus relaciones la convirtieron, con tan solo 20 años,  en una flamante dirigente  de Alianza Popular, aquella primigenia organización parafascista de Manuel Fraga, el ex ministro de Francisco  Franco"
"Se trata, al parecer,  de un buen muchacho, pero al que tocó la "desgracia" de nacer y criarse -a diferencia de su distinguida prima - en uno de las zonas más deprimidas  de la periferia  de Las Palmas,  la barriada de Zárate. Pese a que consumía parte de su tiempo en  la práctica de nuestro deporte vernáculo de la lucha, la presión del medio, los bajos niveles culturales del barrio, las pandillas, y el brillo del dinero fácil,  lo convirtieron en un activo traficante de drogas"