Secuencias de una historia no desvelada
  Agustín Millares Cantero  - Canarias-semanal.com
LA IGLESIA CANARIA CON EL FASCISMO
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DOS CURAS Y UN ARTISTA AL SERVICIO DE FALANGE
 
        Las Palmas de Gran Canaria, 1 de enero de 1937: la Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista celebra su primer gran acto de masas provincial, recibiendo con un despliegue de fuerzas al que llamaba "Año de la Victoria". El objetivo era rendir "un himno de Imperio a España", mostrándose "en vasallaje ante Dios", con una "demostración del más recio sentido católico". Ante la Cruz, "signo de redención y sacrificio", los falangistas querían renovar su juramento de fidelidad a la Causa. Los jefes insulares del fascismo puro cursaron las órdenes de concentración a sus milicias grancanarias utilizando la radio, el teléfono y el correo. A los vecinos de las arterias por donde iba a discurrir la marcha, se les pidió que adornasen sus viviendas con banderas y colgaduras. A quienes disponían de aparatos de transmisión, además, les llegó la solicitud de ponerlos en los ventanales para que las alocuciones radiadas tuvieran mayor audiencia. Un amplio dispositivo de matriz oficial preparó la jornada y garantizó su éxito. La corporación municipal desvió el tránsito rodado para no entorpecer el recorrido de "las fuerzas azules".
      
         Los patrocinadores de la iniciativa anhelaron "teñir de azul las calles de la ciudad" y aturdir a otros segmentos facciosos, mediante la ostentación "de su aparato guerrero" y "de su organización disciplinada y de funcionamiento automático". Según todos los indicios, lograron tales metas a plenitud. Autos y camiones concentraron a los camisas azules en su cuartel general, sito en el campo de tenis del Parque Doramas. Desde aquí, el desfile recorrió la urbe hasta la Plaza de Santa Ana en olor de multitud, desplegando un marcado estilo castrense: las secciones motorizadas abrían la columna, seguidas por las Centurias de Flechas con banda de cornetas y tambores, para ir a continuación las cúpulas falangistas al frente de las escuadras de la capital y los pueblos, cerrando el cortejo una brigada de la Cruz Roja. La centuria inicial marchaba con armamento reglamentario y un piquete de honor daba escolta a la bandera de Falange, donada por la señorita Charina Bello (hija del Jefe Provincial de Sanidad, Silvestre Bello), que había sido bendecida días antes en el templo catedralicio. Un enorme gentío se agolpó en las bocacalles, balcones y azoteas, brotando de todas partes "ovaciones y gritos patrióticos". La emisora Inter-Radio Las Palmas, que retransmitió el evento, emitió continuamente música militar. Y equipos de altavoces hicieron oír los mensajes más allá del entorno inmediato.
 
        El cuadrilátero de la Plaza de Santa Ana se había convertido en un "escenario nacional-sindicalista", presentando esa "formidable estampa" que "sobrecogía con una sensación imponente" y que el lector puede apreciar en las fotos. Todos los caserones circundantes estaban engalanados y en los mástiles laterales lucían gallardetes "con los colores nacionales y de Gran Canaria". Lo que más "aplastaba al espectador con el peso de lo grandioso", no obstante, era el marco principal de la ceremonia. Un enorme banderón falangista cubría la parte central del frontis de las casas consistoriales, desde la acera hasta la cornisa, bajo el cual se instaló un "altar gigantesco" adornado con la enseña roja y gualda, presidido a su vez por una monumental Cruz de madera de seis metros, que flanqueaban otros tantos blandones o cirios monumentales. El artífice de aquella impresionante escenografía fue el "camarada" Néstor Martín Fernández de la Torre, quien "puso su arte al servicio de Falange" y plasmó "el sublime ideal" propio del "movimiento revolucionador", hermanando la "severidad augusta" con la "sencillez de las líneas". A la derecha del altar quedó la bandera roji-negra que debía entregarse oficialmente, custodiada por un piquete de escolta. Ninguna de las autoridades civiles o castrenses faltó a la cita y en su totalidad ocuparon la presidencia, junto a la plana mayor de los joseantonianos.
  "Los religiosos fueron corresponsables, por activa y por pasiva, de las atrocidades múltiples que cometieron por estas Islas las "brigadas del amanecer", formadas por los asesinos de Falange y de otros núcleos rebeldes, perros guardianes de los oligarcas. Hasta el propio significado de la figura del obispo Pildain debe ser sometido a revisión"









        La Cruz de Cristo, convertida en espada vengadora, se alió con el yugo y las flechas durante la guerra civil y el franquismo en las Canarias Orientales. Nuestro colaborador, el historiador Agustín Millares Cantero, al comentar unas pocas (aunque valiosísimas) fotografías de la época, nos traza un breve cuadro acerca de los nexos entre la Iglesia Canariense y los movimientos fascistas, al arrancar el II Año de la Era Azul (1937). No se trató de un entendimiento circunstancial e irrelevante, sino de un rasgo estructural y definitorio a la hora de apreciar el significado de la dictadura. El autor plantea incluso una necesaria revisión entorno a la figura del obispo Pildain y a las funciones que desempeñó.


  "La Plaza de Santa Ana tornó a presentar 'la misma sobria e impresionante decoración' que montó el artista Néstor, católico de pura cepa, para mayor gloria del falangismo. Un piquete infantil, armado con rifles, hizo la guardia de honor ante el altar en el transcurso de la misa, oficiada por el beneficiado Vicente Guerra. Las Bandas de Los Salesianos y la Municipal interpretaron el Himno de Falange"


  "La diócesis Canariense recibió de manera entusiasta el Alzamiento y enseguida le dio cobertura ideológica. El titular de la parroquia de San Ginés en Arrecife de Lanzarote, Juan Ramírez Hernández, demandó desde el púlpito que a 'las rojas' les extirparan el vientre para que 'no parieran demonios' "




  "No hay grandes diferencias en cuanto al sostén que la Iglesia otorgó al fascismo en las dos provincias eclesiásticas, ofreciendo legitimidad a los golpistas y a la España que impusieron por la fuerza. Era la misma entidad ultramontana al servicio de las derechas, celosa de sus privilegios, baluarte de la reacción y eje del nacional-catolicismo"




Escenografía del artista Néstor para la misa de campaña del gran acto de Falange Española de las JONS del 1 de enero de 1937 (Las Palmas de Gran Canaria, fachada de las casas consistoriales).
        Una serie de fotografías, localizada en una colección particular, nos va a permitir realizar un somero análisis sobre las relaciones entre la clerecía de la diócesis Canariense y los movimientos fascistas a principios de 1937, II Año de la Era Azul. La alianza del Trono y el Altar, pieza clave del nacional-catolicismo, se tradujo en complicidades mutuas, desde los orígenes, que vincularon a la Iglesia de las Canarias Orientales con los grupos liberticidas que dieron fin a la Segunda República. El clero diocesano arropó el levantamiento militar del 18 de julio de 1936, cooperó estrechamente con las autoridades del Nuevo Orden y se esforzó por dar fundamentación político-teológica a "La Cruzada de Liberación Nacional". Los religiosos fueron corresponsables, por activa y por pasiva, de las atrocidades múltiples que cometieron por estas Islas las "brigadas del amanecer", formadas por los asesinos de Falange y de otros núcleos rebeldes, perros guardianes de los oligarcas. Hasta el propio significado de la figura del obispo Pildain debe ser sometido a revisión, poniendo en primer plano sus identidades con la España facciosa. Las sotanas estuvieron, como casi siempre, al servicio de la reacción. En este caso, de una reacción criminal que segó la vida a centenares de canarios de izquierdas. La Cruz de Cristo, convertida en espada vengadora, se asoció con el yugo y las flechas.
      Los apoyos que el clero de la diócesis Canariense venía dando al fascismo local, a "las nutridas escuadras de los luceros", llegaron a exhibirse plenamente durante aquel día en que hasta el cielo brilló de un intenso azul. La misa de campaña la ofició el chantre Juan Espino Juárez, auxiliado por dos acólitos: el alcalde accidental Antonio Limiñana López y el profesor de música Luis Prieto. En el instante de la consagración, la Banda Municipal ejecutó el Cara al Sol en medio del respetuoso silencio de la concurrencia, que derrochó "lágrimas de emoción contenida". Al término del oficio religioso pronunció su arenga el Jefe Provincial falangista Luis Aulet Ezcurra y seguidamente se leyeron el Juramento de la Falange y la Oración de los Caídos de Rafael Sánchez Mazas. Por último tuvo lugar la parada, con marchas militares, ante los delegados de la autoridad competente, dispuestos ante la catedral. Otra vez se prodigaron los saludos brazo en alto, las ovaciones y los "gritos patrióticos de rigor". El reportaje radiofónico de Inter-Radio Las Palmas lo cubrió con su habitual competencia el locutor Adolfo Luján (Najul), Jefe Provincial de Prensa de Falange. El regreso de las centurias a su punto de partida concitó renovadas aclamaciones y entusiasmos.
        
        La movilización de los falangistas grancanarios, como habían previsto sus edecanes, causó una profunda sensación sobre los demás sectores de la derecha que arroparon por aquí el levantamiento contra la legalidad republicana. Aquel alarde de método y disciplina supuso, desde luego, un vivo exponente de la superioridad alcanzada por los camisas azules entre los devotos de la "España Una, Grande y Libre". El número de "militantes uniformados" que intervino en la celebración fue altísimo, a pesar de las cifras dispares consignadas por la prensa: los diarios Falange y el cedista Acción hablaron de 2.000 participantes, reducidos a "más de 1.500" por el mesista Hoy y hasta "aproximadamente unos 900" por Diario
de Las Palmas, el histórico portavoz de los liberales de León y Castillo. Una cantidad, de todas formas, muy estimable apenas al semestre de iniciarse la guerra civil, momento en el que los seguidores de José Antonio Primo de Rivera representaban muy poco en el seno de las agrupaciones derechistas. Un personaje otrora ligado a la política monárquica profirió "la frase definitiva". Estremecido "por semejante manifestación de fuerza formidable, de poderío y de organización", exclamó incrédulo: "¡Es una cosa terrible!" La redacción del órgano falangista no pudo menos que congratularse por el adjetivo: Falange demostró efectivamente que "era algo terrible", algo del todo inédito en las prácticas comunes de los ultras. Nunca la militarización y el dinamismo de sus mesnadas habían llegado tan lejos.
         
        El impacto que provocó la jornada "azul" del 1 de enero de 1937 en la población tuvo su corolario el día 6, durante "la fiesta de Reyes de la infancia falangista". Más de 1.500 Flechas de diez municipios grancanarios repitieron la lección de sus mayores bajo la guía de su Jefe Provincial, Juan del Río Ayala, depurador pirómano de la Biblioteca del Museo Canario en compañía del canónigo Deogracias Rodríguez Pérez. Los "hombres del mañana azul" desfilaron también por las calles de la ciudad a objeto de bendecir su bandera, costeada ahora por ellos. La Plaza de Santa Ana tornó a presentar "la misma sobria e impresionante decoración" que montó el artista Néstor, católico de pura cepa, para mayor gloria del falangismo. Un piquete infantil, armado con rifles, hizo la guardia de honor ante el altar en el transcurso de la misa, oficiada por el beneficiado Vicente Guerra. Las Bandas de Los Salesianos y la Municipal interpretaron el Himno de Falange y el propio sacerdote, revestido de roquete y estola, santificó el gallardete de "esta niñez que crece bajo la sombra del yugo y las cinco flechas". Un notable falangista, "comentando lo granado de la concentración y el espíritu de los concentrados, dijo certeramente que allí estaban los hombres que un día conquistarán nuestra Abisinia". Entre los jerifaltes sobresalió precisamente el cónsul italiano Ruggiero Martinis Marchi, quien vistiendo uniforme del Fascio "honró con su presencia esta fiesta de nuestra infancia azul". El desfile dejó constancia del perfecto adiestramiento marcial de cuantos emulaban a los Balillas de Mussolini, "pequeños soldaditos de la Patria" que debían realizar en el futuro "nuestros imperiales destinos".
Una estampa del desfile falangista del 1 de enero de 1937 a su paso por el gobierno militar de Las Palmas: el público saluda brazo en alto a los jefes de los camisas azules.
LA VIRGEN DEL PINO, PATRONA FACCIOSA
 
        Las magnas reuniones fascistas con dispositivo militar y ornamentación religiosa ofrecieron en Gran Canaria otros exponentes en dicha coyuntura, aunque ninguna alcanzara la plasticidad de las de enero de 1937, por obra, en gran medida, del inspirado genio de quien pintó el Poema del Mar. El 14 de febrero fue Acción Ciudadana, dirigida por el comandante Andrés Pérez Corrales, la que desarrolló un encuentro en Teror para dejar al cuerpo bajo el patronazgo de la Virgen del Pino y consagrar su blasón. Numerosos automóviles condujeron a sus milicianos voluntarios desde el Cuartel de Matas hasta la Villa Mariana, donde entraron en bizarra revista hasta el santuario parroquial, en cuyo acceso central se había colocado el trono de la Patrona de la Isla. La Banda del Regimiento de Infantería tocó la Marcha Real, acompañada por fragmentos de zarzuelas, antes y después de la misa de campaña que solemnizó el vicario capitular Pedro López Cabeza. Un "artístico dosel", en el cual "resaltaban bajo un enorme pabellón los colores nacionales", cubría toda la fachada de la iglesia. Tras la bendición del vicario y la alocución del comandante en jefe, el abanderado recibió la oriflama de la madrina Ana María Morales Ramos, ataviada con la clásica mantilla española. Desde el balcón de la casa Manrique de Lara, el párroco Antonio Socorro Lantigua lanzó un "patriótico discurso" con acentos bélicos: "La Virgen del Pino, dice, es el sostén de nuestros soldados en el campo de batalla, y su protección es tan manifiesta, que constantemente piden se les envíen medallas de nuestra Virgen, pues hasta los moros, contagiados, exclaman ¡Dame Pino, dame Pino!" El postrer monseñor Socorro terminó implorando bendiciones "para la Madre España, para su ilustre Caudillo el General Franco y para el Ejército". Ante su flamante protectora desfilaron unos 400 hombres de Acción Ciudadana con armamento y otros 200 sin armas, "no pudiéndolo hacer los demás por no disponer de uniformes".
       
        Otras "fervorosas manifestaciones de religiosidad y patriotismo" se prodigaron a lo largo de la guerra civil en el Archipiélago, reveladoras del "profundo sentido religioso de la Nueva España". La diócesis Canariense recibió de manera entusiasta el Alzamiento y enseguida le dio cobertura ideológica. Con motivo de la reposición de los crucifijos en las Escuelas Nacionales, el presbítero Juan Díaz Rodríguez atacó el 1 de octubre de 1936 en Santa Brígida cualquier brote de laicismo y denunció "los satánicos designios criminales" de los gobiernos republicanos, cuyo "negro paréntesis de ignominia y de baldón tocó a su fin el glorioso día 18 de julio". Al final de su perorata rogó a los feligreses que dieran vivas, entre otros, a Cristo Rey, al Ejército, a las Patrióticas Milicias de Voluntarios y a la "gloriosa" Falange Española. El titular de la parroquia de San Ginés en Arrecife de Lanzarote, Juan Ramírez Hernández, demandó desde el púlpito que a "las rojas" les extirparan el vientre para que "no parieran demonios", según nos confesó nuestra abuela materna Magdalena Navarro Wood, de un catolicismo auténticamente cristiano.
       
        La plena fusión entre "La Patria y la Fe", con amalgama "de penitentes y milicianos", "de cirios y fusiles", hizo acto de presencia durante la procesión del Cristo de Telde el 17 de enero de 1937 o en las inmediatas funciones religiosas de Guía en honor de San Sebastián, "para interpretar el triunfo de la noble causa nacionalista de la salvación de nuestra madre España, que acaudilla el glorioso General Franco". A finales de mayo, el párroco de Tafira Alta Bartolomé Hernández bendijo con pompa la bandera de las Milicias de Flechas, ante la Jefa Provincial de la Sección Femenina de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Por entonces ya se había publicado el libro Isla Azul del cura Pablo Artiles, mediocre escritor y peor docente (nos consta, porque lo sufrimos), conspicuo delator policial hasta épocas tardías, cuyo "itinerario sentimental" por reductos y paisajes grancanarios no tuvo, evidentemente, un cromatismo inocente a esas alturas. El joven letrado Gabriel de Armas, de "recios ideales católicos", clamaba al unísono en Acción contra "la canalla roja" y "el reptil inmundo del marxismo". Y el columnista Cuervo González, desde Falange, pregonaba que la Iglesia estaba en posesión absoluta de "la Verdad".
 
 
PILDAIN REVISADO
 
        El nombramiento como titular de la diócesis del doctor Antonio Pildain y Zapiain fue acogido con júbilo por la Junta Regional Carlista de Guerra, encabezada por Domingo Tejera Quesada, Luis Doreste Morales y Joaquín María Aracil Barra. A su llegada al Puerto de La Luz el 19 de marzo de 1937 lo recibió igualmente una Comisión del Requeté Provincial. En las semanas posteriores evidenció sus simpatías con el tradicionalismo e incluso con otras familias políticas del bando "nacional", aglutinadas al fin por el Decreto de Unificación. Al bendecirse en Guía el estandarte municipal de Acción Ciudadana el 11 de abril, el nuevo obispo pronunció la homilía de la misa de campaña frente a representaciones de Falange, del Requeté y de Acción de la Zona Norte. El día 17 acudió a los funerales por los falangistas muertos "en su lucha por la liberación de España", que en la catedral ofició el arcipreste López Cabezas, acompañando a las autoridades y a los cónsules de Alemania, Italia y Portugal; en representación de la Unión Británica de Fascistas concurrió míster Cecil C. D. Pavillard. A petición de algunos manifestantes, hasta salió del palacio episcopal a fin de festejar la caída de Bilbao en manos "nacionalistas".
La Plaza de Santa Ana en el mediodía del 1 de enero de 1937: formación de las centurias falangistas, a la espera de la ceremonia religiosa para bendecir su bandera y renovar su juramento.
        Las tres conferencias "apologético-morales" que Pildain impartió del 19 al 21 de mayo de 1937 en el Teatro Pérez Galdós, destinadas especialmente a las Milicias de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, pusieron de manifiesto su cabal sintonía con los valores de la España de Burgos, ya evidenciada días atrás en las que dio a los jefes y clases del Ejército. Saludado y despedido por un mar de brazos "a la romana", el prelado respondió con igual gesto y, ante los ojos del informante fascista, se presentó "con ropas talares roji-negras, como una bandera viva de la Falange". Los contenidos de las charlas entrañaron un compendio de ultramontanismo, si bien su tono parece distanciarse de la beligerancia característica de sus más directos colaboradores. Entre otras cosas, Pildain combatió a "los ignorantes" que negaban los dogmas de la Fe, criticó "las políticas del laicismo de la etapa anterior" y mandó al Infierno a los enemigos de la Iglesia. Poco después de la última disertación, impartió la comunión pascual a las propias Milicias del partido único en la misma catedral.
       
        La Iglesia jugó un papel similar en las diócesis Canariense y Nivariense a partir de julio de 1936 y a lo largo del franquismo, hasta el Vaticano II por lo menos. No hay grandes diferencias en cuanto al sostén que otorgó al fascismo en las dos provincias eclesiásticas, ofreciendo legitimidad a los golpistas y a la España que impusieron por la fuerza. El talante pastoral de Pildain, sin duda, lo separó de su colega occidental Fray Albino, alineado con los sectores más aguerridamente protofascistas del episcopado español, pero la institución eclesiástica en cuanto tal mostró idénticos caracteres en ambas demarcaciones. Era la misma entidad ultramontana al servicio de las derechas, celosa de sus privilegios, baluarte de la reacción y eje del nacional-catolicismo. Aunque Pildain haya salvado las vidas de muchos inocentes, más allá de la carretera de acceso a la Sima de Jinámar (osario colectivo de bastantes republicanos), no hay que ocultar su plena afinidad con lo que significó el régimen franquista en sus aspectos fundamentales. Es obvio que el diputado en las Constituyentes de 1931 por la minoría vasco-navarra distó de ser un demócrata o un opositor consecuente a la dictadura. Si por una parte aborreció los crímenes falangistas e hizo cuanto pudo para frenarlos, por otra contribuyó como casi todos los religiosos a la legitimación de la guerra y del Estado Nacional-Sindicalista que de ella emanó. El catolicismo oficial sirvió al Nuevo Orden y se benefició con sus prebendas económicas o educativas. Y a pesar de las actitudes cristianas de Pildain, de su repudio al exterminio físico de las gentes de izquierdas, una buena porción del clero a sus órdenes aplaudió la represión indiscriminada o guardó un silencio cómplice ante la barbarie azul por estas latitudes, sin mover un dedo para salvar de sus garras a las cuantiosas víctimas.      
        Los fotogramas que recogen el epicentro del ceremonial del 1 de enero de 1937 en la Plaza de Santa Ana, con diseño de Néstor, no son únicamente un retrato de cuanto deparó el elemento religioso en la trayectoria del fascismo español. Significan ante todo un símbolo de la hermandad de la Iglesia con la España reaccionaria, de sus responsabilidades en la génesis y el devenir de la dictadura franquista. Así será hasta las cercanías del óbito del dictador. El Cristo redentor y revolucionario, el de los pobres y oprimidos del Mundo, no podía estar con ella.
 
 
        * Todos los entrecomillados proceden de los periódicos de entonces, en especial  del diario Falange.
 
Recibimiento del nuevo obispo Pildain a su llegada a Las Palmas de Gran Canaria el 19 de marzo de 1937: el prelado sonríe ante una salutación fascista, en medio de un grupo de autoridades y curiosos.