El comisario torturador pone firmes a sus subalternos
NADIE LE TOCA LA GAITA
AL COMISARIO GIL RUBIALES


Gil Rubiales no soporta la indisciplina ni que le cuestionen una orden, sea cual sea su naturaleza. Hace unas semanas, un enfrentamiento considerado por muchos como ridículo le costó al responsable de la comisaría de Tres de Mayo que lo cesaran en su puesto por unos días. Y todo por un concierto de gaita.
Los hechos ocurrieron en la plaza interior de la comisaría la comisaría santacrucera. Durante la celebración de unos actos, un subinspector se puso a interpretar con una gaita unos toques, los cuales fueron del agrado de los que estaban allí, excepto para los vecinos y los policías que estaban en la oficina de Denuncias. El responsable de la comisaría ordenó al subinspector que lo dejara y, por hacerlo, fue cesado al instante.
Los funcionarios de la Oficina de Denuncias no podían trabajar con el ruido que les estaba produciendo las melodías de una gaita que sonaba muy cerca de ellos en el patio central de la sede de la comisaría del Cuerpo Nacional de Policía de Tres de Mayo, sita en Santa Cruz de Tenerife. El subinspector que estaba interpretando tan bellos sones no sabía que en esos momentos un ciudadano tinerfeño, acompañado de un abogado estaba interponiendo una denuncia y que no se le escuchaba y menos lo hacían los funcionarios adscritos a la Oficina de Denuncias del Cuerpo Nacional de Policía, que es el departamento más cercano al contribuyente y el espejo que debe estar más diáfano en relación a los ciudadanos. Es muy importante que estas dependencias funcionen, ya que es la cara con que la Policía se presenta a los ciudadanos y debe estar limpia y despejada.
Sin embargo la música no cesaba y, aunque el motivo del gaitero era noble y poco tenía que ver con la firma de las sidras, los funcionarios y los ciudadanos no pensaban lo mismo. Y así se lo comunicaron al responsable de la comisaría de Tres de Mayo del Cuerpo Nacional de Policía. Y éste se dirigió al policía que estaba tocando la gaita y le dijo que dejara de tocar tan bello y ruidoso instrumento. A lo lejos estaban el comisario provincial, Gil Rubiales y el subdelegado del Gobierno, Carlos González Segura, ajenos a los ciudadanos y a la gaita.
El subinspector se cuadró ante el jefe de la comisaría, el cual, simplemente le pidió silencio, como haría alguien en salas de espera. Sin embargo, el subinspector, que recibía ordenes superiores, se quedó desencajado. No se esperaba este aviso reglamentario. Y se dirigió al comisario provincial Gil Rubiales. Rubiales, al tener conocimiento de este incidente, se acercó hasta el inspector jefe y le preguntó que por qué ordenó que callara la gaita. Porque molestaba. ¿Porque molestaba? Seguro. Seguro. ¿Estás seguro? Sí y aquí nadie toca la gaita, mientras esté bajo mi mando. ¿Seguro? Seguro. El gaitero dejó de tocar y los ciudadanos pudieron seguir denunciando y los policías pudieron terminar sus diligencias.
El comisario provincial dio la espalda al problema y se fue con el subdelegado. Pero la furia lo embargaba. Alguien le había tocado la autoridad y la gaita al mismo tiempo. Cuando los dos se vieron en la sala de reuniones al día siguiente en Robayna, sin gaitas, sin testigos y sin problemas, el comisario provincial, sin escrito alguno le dijo: has perdido mi confianza. ¿Seguro? Seguro. Y lo cesó al momento.
El inspector jefe que estuvo unos días cesado por una orden fabricada y gestionada al modo imperial por el comisario provincial al que apoya de manera decidida el alto mando de la Delegación del Gobierno, a pesar de su tormentoso pasado, no pudo recurrirla, ni someterse a un juez imparcial, porque fue una orden verbal y una pérdida de confianza por parte de Rubiales hacia esta persona. La naturaleza de esta orden no responde al funcionamiento de la comisaría, ni tiene que ver con las relaciones entre mandos. Fue una rabieta pura y dura del comisario provincial, sobre la que se puede adivinir la larga sombra de la Delegación del Gobierno en sus tres vertientes: la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo.
Sin embargo Rubiales, que le dijo al inspector jefe que ya no gozaba de su confianza y que donde lo había puesto, lo quitaba, no pudo mantenerse en esa tesitura durante mucho tiempo. El aludido se movió y algunas personas de peso mediaron por este curioso asunto. Y cuando la presión fue suficiente y las palabras de apoyo sobrepasaron los límites permitidos, el comisario provincial cedió y cedió.
Vuelta al puesto
En el mismo entorno en el que se produjo el cese, Gil Rubiales, con el mismo laconismo y con la misma frialdad con la que cesó al inspector jefe, lo volvió a poner en su sitio. Pero ya las cosas habían cambiado. La confianza inicial entre estos dos mandos se ha derrumbado y actualmente las cosas se desenvuelven en el marco de la cortesía, que como afirma Ortega y Gasset, es la que impide que nos acuchillemos salvajemente en espacios cortos y cerrados.
Los maitines de Rubiales, que se celebran todas las mañanas en la comisaría provincial, sita en la calle Robayna siguen teniendo los mismos mandos, pero uno de ellos se ha dado de baja internamente de la disciplina del acero que rige la plantilla en Tenerife y aunque cumple su trabajo como el que más, ya no comulga con esta nueva doctrina instaurada en el seno del Cuerpo Nacional de Policía.
Tanto el cesado como muchos mandos intermedios de la Policía Nacional no se explican la actual relación del comisario provincial con el PSC, ya que fue hombre del entorno del anterior jefe superior, Ballesteros, correo del círculo interno de José Manuel Soria y que medió para que lo nombraran jefe supremo de la Local en Las Palmas, intención que abortaron los sindicatos al filtrar una sentencia del TS por la muerte de un etarra.
Título original: "El jefe de Tres de Mayo, cesado tres días por prohibir tocar la gaita a un subinspector
De La Verdad Canarias
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La Verdad de Canarias
Como nuestros lectores recordarán hace algo más de un año, en estas mismas páginas, Canarias-Semanal puso al descubierto la siniestra trayectoria biográfica del Comisario Provincial de Sta. Cruz de Tenerife, Antonio Gil Rubiales. Este personaje fue designado por el delegado gubernativo Segura Clavel para ocupar la Jefatura de la Policía de esta provincia, pese a que sobre él pesaba una condena del Tribunal Supremo por las torturas que infrigió a un detenido, Joseba Arregui, que terminaría falleciendo como resultado de las graves lesiones recibidas. Durante los meses que siguieron a su nombramiento, por una u otra razon, Gil Rubiales no ha dejado de ser actualidad. En esta ocasión, la revista "La Verdad de Canarias", recoge en sus páginas la más reciente "hazaña" del comisario torturador.
"La naturaleza de esta orden no responde al funcionamiento de la comisaría, ni tiene que ver con las relaciones entre mandos. Fue una rabieta pura y dura del comisario provincial, sobre la que se puede adivinir la larga sombra de la Delegación del Gobierno"
"El alto mando de la Delegación del Gobierno apoya de manera decidida al comisario provincial a pesar de su tormentoso pasado"