Historia de una ambición
ARCADIO DÍAZ TEJERA:
DE TRIBUNO A PATRICIO
El domingo tres de octubre se dirimió en las urnas la batalla por la Secretaría General de los socialistas grancanarios. Los principales contendientes fueron Arcadio Díaz Tejera, muy conocido por la ciudadanía a través de los medios de comunicación, y José Miguel Pérez, ex decano de la facultad de Historia, autor de un par de libros, pero un perfecto desconocido para la opinión pública de la Isla. La radio y la prensa locales han difundido con amplitud los ataques arteros que entre ellos o sus partidarios se han dirigido a lo largo de las jornadas precongresuales. Gacetilleros y cronistas llenaron sus columnas poniendo de relieve los aspectos más anecdóticos de la trayectoria de cada uno. Sin embargo, entre tanta letra menuda no pudimos descubrir la clave que nos revelara en qué consistían
Si desea escuchar el artículo pulse el primer botón por la izquierda
A.R. Suárez - Canarias-semanal.com
Semanas atrás se celebró el Congreso Insular de los socialistas grancanarios.Estuvo acompañado de virulentos ataques entre los dos aspirantes a la Secretaría General de la organización: Arcadio Díaz Tejera y José Miguel Pérez. Sin embargo, no existían diferencias sustanciales entre los contendientes, sólo un impulso irrefrenable por ocupar el cargo. A.R. Suárez repasa en este trabajo la sinuosa biografía política de Díaz Tejera.
"Para quienes ambicionan poder no existe un camino intermedio entre la cumbre y el precipicio". Tácito. Historias 11,74
realmente las diferencias ideológicas entre ambos proyectos. ¿Se situaba, por ventura, Arcadio más a la izquierda que su contrincante José Miguel Pérez?
¿Sostenía Pérez un proyecto más conservador y socialdemócrata que el ex radical Díaz Tejera? ¿Llevaba en su programa el magistrado y ex diputado del Común la socialización de la propiedad de las aguas para cuando el PSOE dispusiera de la mayoría en la Comunidad Autónoma? En definitiva, ¿cuáles eran las diferenciasprogramáticas entre los dos candidatos?
En una auténtica democracia, incluso si es formal como la que tenemos, la ciudadanía debería poder conocer esos datos para construir sus propios criterios, y estar en condiciones de elegir correctamente cuando se presente la oportunidad.
Pero cualquier esfuerzo por descubrir proyectos diferentes en esta disputa hubiera resultado baldío. Y es así porque tales diferencias no existen, ni pueden existir. El PSOE, al igual que otros partidos del sistema, es un proyecto cerrado, donde no hay resquicio para que se planteen diferencias esenciales. Como formación política ha elegido un modelo de sociedad y de economía que respeta y defiende. Las discrepancias en su seno sólo pueden ser de segundo orden, de estilo, basadas en contradicciones de carácter secundario. Cuando, circunstancialmente, aparecen diferencias esenciales en algún sector de su militancia, el conjunto de la estructura partidaria se encarga de aislar al "cuerpo extraño", de cercarlo y, finalmente, de expulsarlo de sus filas.
La llamada democracia partidaria no es más que una fórmula. Admite el juego de las diferentes facciones que se disputan los cargos y órganos de dirección, pero las querellas no traspasan nunca esta frontera. El final de la confrontación, por muy dura que esta haya sido, se resuelve con la negociación, el reparto y, por último, con el "consenso" entre el vencedor y el vencido. Esto sucede porque en el trasfondo de las pugnas no hay ningún proyecto político realmente cuestionador. La vida interna de los partidos del establishment no es más que un reflejo de lo que sucede en el conjunto de las instituciones del sistema. Las cartas están muy bien marcadas y todos los que se prestan al juego saben qué cosas se pueden hacer y cuáles no.
Hasta hace poco más de un año, Arcadio Díaz y José Miguel Pérez no habían militado en la organización del PSOE en las Islas. El historial político de ambos tiene sus raíces en las organizaciones comunistas de la década de los setenta. Pero desde hacía unos años, Pérez y Tejera mantenían conversaciones discretas con la dirección del PSOE sobre las posibilidades electorales de sus respectivas inserciones en las candidaturas. La situación era incierta. No estaba claro que el PSOE fuera a recuperar su ciclo de ascenso electoral. A los hoy portavoces en el Cabildo y el Ayuntamiento, les estremecía la idea de sufrir una derrota en toda regla. Eran hombres que habían cultivado con esmero su prestigio profesional durante los últimos años. Se inclinaban por apostar, pero siempre que los caballos elegidos fueran los ganadores. Por eso, cuando el PP atravesó el "annus horribilis" de la crisis del chapapote seguida por la de la guerra de Irak, los hoy portavoces socialistas en el Cabildo y el Ayuntamiento se apercibieron de que por fin se presentaba su oportunidad. Habían cumplido ya los cincuenta años- o estaban cerca - y para ellos era el "ahora o nunca".
También para la dirección del PSOE la cuestión estaba clara. En Gran Canaria su organización no les daba más que quebraderos de cabeza. Era un gallinero con muchos gallos y muy mal avenidos. Los ilustres afiliados de los tiempos dorados de la presidencia de Jerónimo Saavedra habían abandonado la militancia activa y se dedicaban ahora a los negocios. Se imponía reclutar a figuras estelares. Y si éstas se presentaban como "independientes", mucho mejor. Con este precipitado liffting, intentaban presentar una fachada más digerible, que ayudara a los sectores de izquierdas del electorado a votar por ellos sin el temor a contraer graves cargos de conciencia. En Tenerife, se procedió de igual forma con candidatos del mismo origen ideológico de Pérez y Tejera. Pero esta operación no se redujo al ámbito del Archipiélago, sino que fue una política aplicada en todo el Estado. Nunca había habido tantos candidatos independientes en las listas del PSOE como en las pasadas elecciones. El 40% de ellos, por cierto, eran magistrados.
En el caso de Díaz Tejera y de Pérez, el tiempo ha demostrado que el carácter independiente de sus candidaturas fue algo circunstancial, una mera anécdota electoral que cumplido el objetivo les permitiría pasar al partido en un vuelo sin escalas, para acceder desde ahí al trofeo más preciado: la dirección insular de la organización.
Así pues, detrás de toda esta fortísima bronca aireada por los medios, no hay ni programas contradictorios, ni diferentes estrategias, ni discrepancias ideológicas. Solo dos ambiciones personales enfrentadas. Y siendo así, lo que corresponde es que nuestros lectores conozcan la historia de cada una de ellas.
ARCADIO DÍAZ TEJERA
Arcadio Díaz Tejera es magistrado en excedencia, ex diputado del Común, celador sanitario, ex consejero del Cabildo por la UPC, ex miembro del Consejo Consultivo de Canarias, senador, miembro del Secretariado Nacional de Jueces por la Democracia, miembro del Cuerpo Superior de Administradores Generales de Canarias, Coordinador General de Jueces por la Democracia en las Islas, Fiscal del Tribunal Internacional de Derechos Humanos, ex presidente del Instituto Europeo del Ombudsman, concejal por el Ayuntamiento de Las Palmas, abogado, profesor de la ULPGC, candidato a Vocal del Consejo General del Poder Judicial, miembro del Secretariado de JD, Fiscal del Tribunal Internacional de Opinión, presidente de una ONG ... Uff ... ¿cómo se podrá soportar el peso de tanta púrpura?
Arcadio es oriundo de las Rehoyas y más tarde pasó a ser vecino del popular barrio de La Isleta. Con 50 años a la espalda, tuvo sus primeros devaneos políticos de adolescente en las marciales filas de aquel Frente de Juventudes de la España Una, Grande y Libre. Sin embargo, no debió quedar muy encantado con esa experiencia paramilitar franquista porque al poco de llegar a la Universidad plantó sus primeras raíces políticas en la OPI, una escisión izquierdista del PCE, a partir de la cual se fundó el Partido de Unificación Comunista de Canarias (PUCC). Según nos cuentan los viejos militantes de la época, pronto Arcadio se destacó como Iíder estudiantil aunque, al decir de algunos, en ocasiones el tono de su discurso se pareciera más al de la homilía dominical de un cura de parroquia que al de un dirigente de masas.
Con grandes sacrificios por parte de su familia Díaz Tejera permaneció algunos años en la Universidad de La Laguna. En la vieja Alma Mater tinerfeña compartió luchas, militancias y persecuciones con quienes -cosas del destino- años después se reencontraría en las filas de un partido entonces apenas existente: el PSOE. Camaradas de esos años fueron Santiago Pérez, aspirante perpetuo a la alcaldía de La Laguna; Melchor Núñez, un jovial personaje que un día perdió la brújula y navegó desde la izquierda radical a Coalición Canaria, para terminar con sus huesos en el PSOE desde donde, como Lucifer, fue expulsado a las tinieblas; el inefable Enrique Caro, una discreta y recientísima adquisición de los socialistas, ex concejal de la UPC y también con vocación marinera en las más variadas opciones políticas; o Paco Tovar Santos, carismático líder del PUCC, que como Díaz Tejera pasó por el trampolín de la Institución del Común para acabar siendo candidato del PSOE al Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.
Fue en esos años cuando Arcadio se curtió políticamente. Aprendió a intervenir en público y a realizar agudos análisis políticos. Sus reflexiones ideológicas quedaron plasmadas en múltiples panfletos de la época en los que queda de manifiesto su notoria agilidad para el razonamiento, aunque también, todo hay que decirlo, una cierta incapacidad para redactar correctamente.
No fue mal estudiante, pero su vida universitaria se truncó antes de que terminara la carrera. Ya sea por las apretadas condiciones económicas en que vivía su familia o, quizás, empujado por su temprano matrimonio, lo cierto es que Arcadio tuvo que abandonar las aulas de la Facultad de Derecho prematuramente y entrar en el mercado de trabajo a ganarse el pan de cada día. Volvió a su Isla natal y en ella se integró de lleno en la actividad política.
Corrían entonces tiempos de "transiciones". Durante algunos años trabajó como celador sanitario, compartiendo sus obligaciones laborales con una intensa actividad sindical en el SOC, sindicato nacionalista que por entonces orientaba el abogado Carlos Suárez. Fue en este escenario social donde Tejera aprendió la técnica del "regate corto" en el juego político: actividad intensa para conseguir objetivos en breve plazo. Competía con quienes consideraba sus adversarios procurando dejarles poco margen para el respiro. Eso sí, como se dice a hora, con "muy buen talante".
EN EL OJO DEL HURACÁN
Nos encontramos en el último año de la década de los setenta. La Unión del Pueblo Canario ha ganado la Alcaldía de Las Palmas de G.C. y consigue enviar a Fernando Sagaseta al Congreso de los Diputados. Se convierte en la tercera fuerza electoral del Archipiélago. La burguesía grancanaria, que a lo largo de su historia solo había conocido la elección de un diputado comunista durante la II República, pierde el control de sus esfínteres.
La imagen de la toma de posesión del nuevo alcalde, Manuel Bermejo, en olor de multitudes, rodeado de banderas con las siete estrellas verdes y reclamando la solidaridad con el pueblo saharaui, perturbó la habitual placidez de la casta ociosa de las Islas. Pero por muy grave que fuera el pánico que el ascenso izquierdista provocara en nuestras clases acomodadas, las cosas
La UPC ha ganado las elecciones. El nuevo alcade y miembros de la nueva corporación colocan en los balcones del Ayuntamiento de Las Palmas de G.C. la bandera tricolor con las siete estrellas verdes
ya no estaban como para mandar al paredón al diputado Sagaseta, como habían hecho con Eduardo Suárez en 1936. Pero lo que sí se podía hacer, y en ello pusieron todo su empeño, era urdir una vasta conspiración que acabara con la frágil hegemonía del nacionalismo de izquierdas en el gobierno de la ciudad de Las Palmas de G.C.
Para ejecutar sus propósitos nuestra burguesía contó con abundantes y poderosos aliados. El periódico La Provincia se arrogó una función esencial en ese cometido. Era preciso que cada mañana, cuando el ciudadano acompañara la ingestión de su primer café con leche con la lectura de ese diario, le quedara el amargo sabor de que la ciudad, si seguía gobernada por un alcalde de izquierdas, se iba a hundir irremediablemente. Y así fue. De repente, la suciedad invadió las calles, los delincuentes asaltaban a los viandantes, la basura olía peor que nunca, las ancianitas eran víctimas de los tirones ... Un sinfín de males que, por mor del órgano histórico del caciquismo isleño, se habían hecho con la ciudad. La UPC no dispuso siquiera de un periódico multicopiado para compensar mínimamente los efectos de la manipulación mediática de La Provincia.
Una segunda pieza en el puzzle conspirativo fue José Carlos Mauricio. En Canarias, el PCE había obtenido unos magrísimos resultados en las dos primeras elecciones generales, pese a que las encuestas de entonces le daban dos diputados en el Archipiélago. Quienes vivieron este desastre electoral nos cuentan que la amargura de Mauricio con los resultados fue tal que desapareció durante tres meses de la faz de las Islas. Reacciones de ese tipo hoy pueden no resultar extrañas, pero en la imagen que entonces tenía de él la militancia media del PC no cabían esos desalientos por una derrota electoral. Sea como fuere, el secretario general de los comunistas canarios consideró que la UPC les había usurpado "sus" votos. En una reunión del Cté. Ejecutivo de la organización comunicó que había concertado un acuerdo con Lorenzo Olarte para proceder al acoso y derribo de la UPC de las instituciones y recuperar de esa forma el 'voto natural" que correspondía al Partido Comunista. Y a ello se consagraría en cuerpo y alma.
El tercer instrumento que manejaron las "fuerzas vivas" de la Isla para expulsar a la "chusma" del Ayuntamiento fue el PSOE. Los socialistas contaban sólo con cuatro concejales en la institución municipal, frente a los once de la UPC. A cambio del apoyo a la coalición nacionalista de izquierdas, el PSOE gestionaba la primera tenencia de alcaldía y la concejalía de Hacienda. La representación de los socialistas en el Ayuntamiento recaía en Juan Rodríguez Doreste, un personaje siniestro del socialismo histórico, colaborador de las instituciones culturales y sindicales de la dictadura, cuyas posturas derechistas eran a veces difíciles de diferenciar de la de los genuinos representantes del conservadurismo franquista.
El zancadilleo del PSOE a la joven mayoría de la corporación upecera fue constante. La situación económica del Ayuntamiento era de extrema gravedad, ya que las instituciones del Crédito oficial se negaban a conceder cualquier tipo de aval financiero al Municipio. Era necesario ahogar en todos los frentes a los nuevos gestores.
Mientras Jerónimo Saavedra, a los acordes de Mahler, cocinaba en los aristocráticos salones de Vegueta los acuerdos con la UCD para acabar con la Unión del Pueblo Canario, Juan Rodríguez se encargaba de tenderle trampas a un ingenuo e inexperto alcalde, desprovisto de la perfidia de quien le había prometido lealtad.
en una acción de gobierno. El único objetivo era sacar a cogotazos del Ayuntamiento a lo que Juan Rodríguez denominaba el "nacionalismo flatulento". Rodríguez Doreste fue entronizado con todos los honores. La prensa se encargó de embellecer el perfil y la historia del nuevo alcalde. A partir de ese momento Las Palmas volvió a ser una ciudad feliz.
Un cuarto factor que contribuyó a este desenlace, y que nada tuvo que ver con la conspiración de la derecha, fue la propia UPC. Esa coalición no fue la expresión de una larga trayectoria de lucha del movimiento popular canario. La UPC se constituyó para cubrir una coyuntura electoral. Sin embargo, a través de unos inesperados resultados electorales una parte de la sociedad canaria expresó algunas de sus aspiraciones políticas y sociales mas sentidas. No había, pues, experiencia política. Muchos de los que ostentaban cargos institucionales contaban con más convicciones que con pericia política. A la UPC no le dio tiempo de organizar políticamente a su espectro electoral, sea por la incapacidad de su dirigencia o porque las circunstancias lo impidieron.
Lejos de ser "una troupe de irresponsables y visionarios", como los califica la pluma emponzoñada del periodista Tristán Pimienta, la base de la Unión del Pueblo Canario estaba compuesta por gente ilusionada y honesta. Se había generado un extraordinario entusiasmo participativo entre sectores importantes de la sociedad canaria, Jóvenes, enseñantes, profesionales ... La UPC llenaba con sus mítines el Estadio Insular, superando con creces la asistencia que obtenían las convocatorias de Felipe González o Santiago Carrillo. Fueron años de concurridísimas Escuelas de Verano en las que los colectivos de profesionales de la enseñanza compartían sus experiencias educativas y trataban de abrir nuevas brechas en la escuela canaria. Las corrientes afines a UPC no fueron ajenas a todos esos movimientos. Una reconfortante aspiración de renovación y trabajo horizontal se había apoderado de la voluntad de miles. De acuerdo con las impresiones que hemos recogido entre quienes vivieron ese periodo, existió por primera vez la convicción de que era posible crear perspectivas de cambio en la sociedad canaria. El valor de esa sensación reside en que a lo largo de la historia de este pueblo no han sido frecuentes momentos como ese.
Arcadio Díaz Tejera no vivió ajeno a estos eventos políticos de finales de los setenta. Él fue uno de los dirigentes de tan entusiástico proceso. Estuvo en el ojo de aquel huracán. Conoció muy de cerca el papel desempeñado por Jerónimo Saavedra, en alianza con Olarte, Mauricio y la derecha caciquil para destruir un proyecto del que el mismo era uno de sus principales protagonistas.
Alguien que vivió muy próximo a Díaz Tejera durante esa etapa, nos dice: "Quien conociera al Arcadio de aquellos días jamás le pudo pasar por la cabeza que iba a terminar siendo lo que es hoy. Él era muy estricto en lo ideológico. Te corregía con sequedad cuando consideraba que tus planteamientos se viraban hacia la derecha. Era todo un líder de masas. Yo todavía recuerdo, porque siempre lo escuchaba embobado, cuando decía que la socialdemocracia era el peor enemigo de la clase trabajadora porque tenía la capacidad de crear esperanzas en el pueblo, mientras que los propósitos de los partidos de derechas estaban mucho más claros para la gente. Eso lo recuerdo como si lo estuviera diciendo ahora ... bueno, ahora ya no lo dice".
Pero no todos los compañeros de entonces se manifiestan tan sorprendidos por los tránsitos posteriores del hoy magistrado de lo Penal. "A Arcadio se le veía venir" - nos dice un antiguo camarada del PUCC-. "Siempre quería jugar un papel protagonista en todo. Lo suyo era estar en todo momento en el candelero. Aunque intentaba esconderse detrás de una apariencia campechana, en realidad no hacía otra cosa que mirarse siempre su propio ombligo. Arcadio ha vivido siempre rodeado de sus propios espejos ... El no tenerlos lo desespera, y lo obliga a precipitarse. Y no hay que irse muy atrás. Basta con seguirle la pista a todo lo que hace hoy".
Juan Rodríguez Doreste, primero a la izquierda, en una instantánea tomada en los sindicatos verticales franquistas -de los que era miembro en representación empresarial - presidiendo un acto electoral
Por fin, se presenta la ocasión. Juan Rodríguez, en combinación con su hijo y también concejal, tiende una artimaña que deja sin mayoría a la Unión del Pueblo. El Alcalde Bermejo se ve obligado a dimitir. El resto fue fácil. En Madrid, con el aval de Felipe González y Adolfo Suárez, los socialistas firman un acuerdo con la UCD que acaba con un año de gobierno de izquierda en el primer municipio grancanario. En el pacto con la derecha no había ni programa ni cláusulas preliminares que comprometieran a los firmantes
LOS JÓVENES RADICALES SE QUEDAN SIN PALACIO DE INVIERNO
Las elecciones de 1982, con el arrollador triunfo del PSOE, abrieron de par en par las compuertas del transfugismo político desde los partidos de izquierda - PCE, ORT, LCR, PT- hacia la "casa común", como algunos intelectuales comenzaron a llamar al Partido Socialista. Dirigentes del Comité Central del hasta hacía
Militantes del PUCC celebran su legalización
pocos años poderoso PCE se pasaban con todo el equipaje a las filas del PSOE. Allí se les acogía sin prejuicios y asumían rápidamente secretarías, subsecretarías y hasta ministerios. El PSOE fue un partido construido gracias al aluvión de militantes que engrosaron sus filas durante la "transición". Una buena parte de ellos provenía de la burocracia intermedia del franquismo. Antiguos Alcaldes nombrados a dedo, concejales, asesores de ministerios provenientes de la dictadura era lo más cualificado que tenían en sus filas. Ni de lejos contaba con la militancia experimentada del PCE y de otros partidos de izquierda. Con la llegada del PSOE al gobierno, abogados, arquitectos, economistas, gente de los sectores de la pequeña burguesía, que engrosaban las filas del Partido de Carrillo y otras organizaciones, comenzaron a nutrir la dirigencia socialista. Contrariamente a lo que podría pensarse, no había razones para temer que esta avalancha provocara contaminaciones ideológicas. Al fin y al cabo, los nuevos militantes tenían su origen en las corrientes más derechistas del eurocomunismo.
Atrás quedaban las víctimas sin que merecieran el recuerdo de nadie. Los nuevos compromisos de la "transición", establecidos entre la dirigencia de los partidos de izquierda y los burócratas de la dictadura, hacían aconsejable enterrar la memoria de los muertos y de los perseguidos. La "reconciliación" entre oprimidos y opresores recomendaba el silencio sobre los crímenes del pasado. Una especie de nueva clandestinidad volvió a cernirse sobre el recuerdo de hombres y mujeres maltratados por décadas de clandestinidad y persecución. Se trataba de gente sencilla, anónima, luchadora. Algunos de ellos habían perdido sus vidas en comisarías, en manifestaciones, en acciones callejeras contra el franquismo. Incluso una organización con tan poca historia como el PUCC - el partido del que Arcadio era uno de los principales dirigentes- había sufrido los efectos de la brutalidad de la dictadura con el asesinato de Antonio González Ramos, un obrero que militaba en sus filas. La entrega generosa de estos hombres y mujeres aceleró el proceso de descomposición de la dictadura. La fortaleza misma del PCE se sostenía sobre la acción y el activismo de militantes como éstos.
En apenas un lustro, el capital político acumulado por tantos años de abnegación fue dilapidado. Una dirigencia ambiciosa se apoderó de este patrimonio histórico como si fuera suyo. Los perdedores de ayer volvieron de nuevo a ser derrotados. A los acordes del himno de la Monarquía y el flamear de la bandera rojigualda el pasado había sido hecho añicos.
Ignoramos qué pensaba entonces Díaz Tejera pero lo cierto es que fue en aquel mismo año de 1982 cuando el hoy portavoz del grupo municipal socialista se alejó de su entorno político. Habían sucedido muchas cosas en los dos años precedentes. El golpe del 23 de febrero acabó consolidando, paradójicamente, a la monarquía postfranquista con los avales de la izquierda institucional. El nuevo gobierno de Felipe González desveló con prontitud sus intenciones de encuadrar a España dentro del marco de la OTAN y de las instituciones de la Europa capitalista. Nuestra suerte parecía estar echada. Pasábamos a ser huéspedes de segunda clase de la Europa del bienestar. Pobres y con nuestros recursos en venta al mejor postor, pero orgullosos de pertenecer a un deslumbrante primer mundo. Poco a poco, los viejos sueños de aquéllos que se habían visto a sí mismos encabezando el asalto al Palacio de Invierno se fueron convirtiendo en humo. Para quienes habían trabajado en el anonimato que impone la actividad en la base de las organizaciones de izquierda, el nuevo panorama podía ser desalentador pero no frustraba ninguna aspiración personal. Para no pocos "dirigentes ', en cambio, verse desplazados de los primeros planos del escenario político resultó insufrible. Algunos de ellos tuvieron la osadía de utilizar al viejo Marx para justificar sus veleidades. Los nuevos tiempos -decían- obligaban a ser "realistas".
Las "condiciones objetivas" exigían mirar el panorama con "nuevos ojos". Un viejo militante que no ha abandonado su compromiso político, aunque ya no milita en ningún partido, nos comentaba: "La gente que se vendió al PSOE padecía de lo que yo bauticé como el "síndrome del aeropuerto". Como por razones de sus nuevos cargos empezaron a viajar mucho,te los encontrabas siempre en los aeropuertos. Te saludaban y automáticamente, sin que tú les preguntaras nada, ellos te soltaban la justificación política de porqué habían cambiado de chaqueta".
Arcadio, con grandes bigotes, en un acto electoral en 1977. A su derecha, Enrique Caro, hoy también militante del PSOE
BUSCANDO UN NUEVO REFUGIO
No deseamos hacer juicios de las intenciones del Díaz Tejera de entonces, pero a partir de ese mismo año su corpulenta imagen se esfumó de las páginas de la actualidad isleña. En una entrevista que le hicieron en el año 2000, Arcadio Díaz confesaba que aquel año "abandonó el compromiso partidario, pero no así la creencia en su ideología política". Sin embargo, sus afirmaciones no parecen muy verosímiles. Difícilmente la ideología de un hombre que se decantó en un momento dado por las concepciones maoístas en el seno de su propio partido, podía pasar desapercibida en los ámbitos políticos en los que se iba a desenvolver. La verdad parece haber sido otra. El juez excedente se dedicó a las leyes y a procurar llevar a casa un sueldo, pero simultaneando estas prosaicas actividades laborales con la creación de una red de relaciones que lo irían aproximando al ascendente Partido Socialista. De manera que sólo tres años y pico después de que abandonara "su compromiso partidario pero no el ideológico", el PSOE lo promocionó a la Adjuntía del Diputado del Común.
El magistrado Díaz Tejera se presenta como un personaje bonachón, amable, que cultiva la relación con todo el que le da oportunidad. Sólo en ocasiones, cuando el "regate corto" es muy corto, Arcadio se atreve a romper con el adversario. Como principio mantiene siempre los puentes tendidos. Al fin y al cabo, para un hombre como él las relaciones que cultiva explican su propia trayectoria biográfica. Gracias a ese don de gentes,que concede la madre naturaleza, Arcadio Díaz no tuvo que vencer muchas resistencias cuando las fuerzas políticas institucionales consensuaron para él la flamante Adjuntía.
A partir de entonces las posibilidades para Díaz Tejera se multiplicaron. Cuando asumió la titularidad de la Institución, por la jubilación del palmero Luís Cobiella, las puertas de los medios de comunicación se le abrieron de par en par. Arcadio no perdía oportunidad para opinar sobre lo divino y lo humano. Acudía a los colegios, a los asilos, a las confederaciones de empresarios y hasta a las asociaciones de madres penitentes si se lo solicitaban, a impartir lo que él mismo denominó pomposamente como "lecciones de ciudadanía". No era difícil traducir en su rostro la felicidad que le producía vivir en olor de multitudes.
Alguien que le conoce y que aún hoy, con reparos, lo sigue apreciando, nos decía: "La necesidad del reconocimiento público y la admiración por parte de los demás es un tic compulsivo en Arcadio. Yo he visto como va a un homenaje que se le rinde a alguien que ha muerto y que él no tuvo la oportunidad de conocer, e interviene en el acto para decir que no conocía al fallecido, pero que desea unirse al recuerdo del finado. Tiene una irreprimible necesidad de hacer conocer a todos los presentes que él está allí".
Desde que Arcadio asumió la Diputación del Común su vida social se convirtió en una cadena de honores, títulos, agasajos y nombramientos. Además, el ejercicio en este organismo le permitió posteriormente acceder a la magistratura.
La actividad de Díaz Tejera es compulsiva. Está siempre allí donde su olfato le dice que va a haber fotógrafos
La judicatura como institución está muy criticada socialmente. Pero la profesión de juez es una de las pocas que conserva entre los ciudadanos una cierta "autoridad", aunque sólo sea porque los magistrados tienen la potestad de mandarlo a uno a la cárcel. Arcadio Díaz agregó a ese halo de poder una mueca de campechanía que reforzaba con el uso de expresiones y giros "canaristas". Sin embargo, su auténtica personalidad dista mucho de esa apariencia bonachona con la que le gusta presentarse. Con sus subalternos mantiene una relación de autoridad, con no pocos rasgos de despotismo. Alguien que trabajó con él en la Diputación del Común dice: "Hay un Arcadio puertas afuera y otro puertas adentro. El de puertas adentro nadie se lo imagina".
CIRCULANDO POR LOS CAMINOS DE LA GLORIA
Arcadio Díaz supo exprimir todas las posibilidades publicitarias de su cargo. Logró que se celebraran en las Islas encuentros internacionales de Ombudsman, en los que jugó, naturalmente, el papel de anfitrión. Su relación con la prensa le permitió que cada paso que daba se convirtiera en objeto de noticia. Su popularidad mediática, que justo es reconocerlo, supo ganarse a pulso, traspasó las difíciles fronteras que el mar impone a un pequeño Archipiélago como el nuestro. A ello le siguieron nombramientos y distinciones. En un marco social y político como el actual,la popularidad que proporcionan las instituciones y los medios convierte a quienes la poseen en figuras codiciadas por los partidos. Pero Arcadio, sin abandonar la valiosa tutela de los socialistas, mantuvo una cierta equidistancia en su tratamiento con el PSOE y Coalición Canaria.
Había varias razones que le aconsejaban esta actitud. Durante la década de los convulsos noventa todavía no estaba muy claro que fuerzas se iban a consolidar en Canarias. Tenía, además, antiguos camaradas militando en las dos formaciones políticas. El ex presidente Román Rodríguez, Ruperto Matas, Juan C. Domínguez "Pífano" y otros lo hacían en las filas de Coalición; pero Melchor Núñez, Santiago Pérez y José Alcaraz se encontraban encuadrados en las del PSOE. Gozaba, pues, de una posición políticamente muy cómoda. Le bastaba con observar quien iba a vencer en la carrera y qué podía ofrecer el ganador. Incluso desde un punto de vista "ético" su ambivalencia podía justificarse, pues su corazón había estado siempre partido en dos: nunca había dejado de hacer profesión de fe nacionalista ni tampoco ocultaba que él continuaba siendo un 'rojo" recalcitrante. Que ahora los recipientes de esas dos esencias no se correspondieran con la marca original era solo una cuestión circunstancial. Todos los campos quedaban, pues, abiertos. Aunque aún hoy persista en mantener una estudiada ambigüedad sobre sus posiciones ideológicas, su práctica y sus declaraciones trazan claramente la trayectoria de sus cambios. Hace unos años, cuando con motivo del 22 aniversario un periodista le preguntaba su opinión sobre la Constitución Española, Díaz Tejera contestaba :
"Yo creo que la principal revolución que se ha hecho en España en los últimos 25 años ha sido de contenido jurídico, teniendo como vértice la Constitución Española y los tratados internacionales. Creo que el bloque de constitucionalidad, que lo forman la Constitución Española, las leyes de transferencia y los estatutos de autonomía constituyen un ordenamiento avanzado".
Pero en 1977, Arcadio no tenía el mismo criterio. Lo que hoy considera como "la principal revolución que se ha hecho en España" hace un par de décadas, en cambio, le merecía la siguiente opinión:
"Consideramos que la Constitución Española niega los derechos democráticos del pueblo canario y nuestro derecho a la autodeterminación. Queremos otro tipo de democracia y no esta porque no es la nuestra".
Rectificar a tiempo ha sido siempre una virtud propia de los más sabios.
Arcadio Díaz Tejera en su ático de la Avenida de Las Canteras
PERDER UNA BATALLA NO ES PERDER LA GUERRA
Arcadio entró en el PSOE provocando tanto ruido como el que se oye cuando un elefante entra en una cacharrería. Quiso prescindir, sin transición, de todos aquellos que no le parecían útiles para sus aspiraciones. No dudó en cuestionar a figuras tan apreciadas como la de Carolina Darias, concejal del Ayuntamiento de Las Palmas. Una vieja y sacrificada afiliada a ese partido, nos decía con cierta aflicción: "Me he pasado media vida trabajando para el PSOE. Sería capaz de contabilizar miles de horas invertidas en reuniones, campañas electorales y un sinfín de actividades. Se me hundió el alma cuando estos dos advenedizos paracaidistas, aprovechando el tirón que el PSOE iba a dar, entraron en el Partido como si fuera de ellos, despreciando a aquellos militantes que con su trabajo habían hecho posible que la Organización siguiera existiendo en esta Isla".
Arcadio abrió todos los frentes. En una enloquecida fuga hacia adelante, con solo unos meses de militancia, emprendió una cruzada por la secretaría general de Gran Canaria. Para impulsar su campaña volvió a recurrir a la prensa y la radio. No escatimó los más duros epítetos para descalificar a su adversario. Pero esta vez el campo de batalla no era ya el conjunto de la sociedad, donde los votantes solo conocen de lejos a los candidatos. El terrero de lucha se encontraba ahora en territorio comanche, donde una estela de damnificados clamaba venganza. Con un censo de apenas doscientos y pico votantes, su derrota fue rotunda y pública. Tan pública como él había deseado - y dispuesto- que fuera la victoria.
En momentos así el pasado parece recobrar vida. La pluma vengativa de Tristán Pimienta, en un aviso a los navegantes, le recordaba, en un artículo de La Provincia,su etapa antisocialista y sus fugaces evoluciones posteriores.
Con el tono venenoso que le caracteriza, el plumífero le insinuaba que no había pasado desapercibida la coincidencia de su aproximación al PSOE con el cambio de ciclo electoral. Le recordaba, asimismo, que él era un elemento extraño a la cultura socialista y que haría bien en limitar sus ambiciones a objetivos más modestos.
Por primera vez nuestro héroe besaba la lona. Posiblemente fue el "regate corto" el que le hizo perder los estribos al avezado senador.
El hoy senador, Arcadio Díaz, ataviado con un terno colonial y un sombrero maypol, conversa animadamente con Macías -del PP - mientras preside un desfile del Cuerpo General de Policía en el día de su Santo Patrón
O, quizás, descuidó los efectos de su desmedida autocomplacencia que le empuja a considerarse imprescindible.
Sin embargo, se equivocaría quien piense que este es el final de su carrera política, que ahora bajará los morros y asentirá humilde ante los vencedores. Sus enemigos no deberían enfundar todavía las dagas, porque este patricio de hoy tiene estirpe de tribuno.
Pero, no obstante, sobre su futuro se ciernen negros nubarrones. Su juego ha quedado al descubierto y, como sentenciara alguien con mucho rencor, "a Arcadio no le convendría olvidar que en el ánimo de Roma nunca estuvo pagar a los traidores".